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BUENAS COMPAÑIAS. 1. ANTONIO MACHADO.

BUENAS COMPAÑIAS. 1. ANTONIO MACHADO.

He tenido ocasión de ver en youtube un recorrido fotográfico por la vida de Antonio Machado. Y se confirma el viejo adagio popular de que la cara es el espejo del alma. Sus primeras imágenes no son las de su Sevilla natal, ese maravilloso palacio de Dueñas que le vio nacer (‘mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero’), sino de la Soria de Leonor. Es la ciudad desnuda, provinciana, con apenas 7.000 habitantes y el Duero ofreciendo al poeta una belleza esquiva e incómoda.

Ese profesor de instituto que imparte clases de francés se enamora de la joven de 14 años a la que veía en su modesta pensión. Hay en esa época dos fotos que reflejan amor, felicidad… El poeta tendrá que sufrir las mofas envidiosas de aquella España de charanga y pandereta: un hombre de 34 años casándose con una deliciosa joven de 16. El torrente poético se derrama captando el alma de Castilla y el ímpetu invencible del amor.

Pero su felicidad será efímera, demasiado efímera. Rota por la enfermedad, Leonor muere. ‘Voy caminando solo, triste, cansado, pensativo y viejo’. Muere el amor, muere la luz, muere la dulzura. La tristeza invade a Machado y quizá nunca le abandone: ‘poned atención; un corazón solitario no es un corazón’. Por eso deberá huir de Soria, demasiado corazón, y buscar nuevos aires. También inicia así un viaje del yo al nosotros, de aquel espíritu vital bergsoniano al compromiso con esa España que muere y con la que bosteza. Es el descubrimiento de los otros, de la llamada histórica a construir un país distinto, educado, nuevo. Pero aquel rayo de luz de la República será demasiado breve. Y encontramos al fin al poeta cansado, tomando por el brazo a su madre, en esa marcha a la que la terrible España ha condenado históricamente a algunos de sus mejores hijos. Con él, con Lorca, con Cernuda, con Salinas, con Guillén, la poesía era desterrada de España.

Le espera una luz ligera y pasajera en Colliure. Y, como en una muerte simbólica, el poeta cansado, sin afeitar, entregada la vida, guarda en su bolsillo un último verso: ‘estos días azules y este sol de la infancia’. Había cruzado la frontera a finales de enero; el 22 de febrero moría, y tres días después lo hacía su madre.

Hoy regresamos a Machado, a los olmos viejos y cansados, a sus dulces sonrisas hacia Leonor y Guiomar, a su amor comprometido con la España que le destierra. Volver a Machado en esta primavera es un ejercicio de gratitud y también de pedir días azules y soles de infancia para nuestro futuro colectivo. Una de las dos Españas, quizá, nos hiele el corazón.

 
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1 comentario

Laura -

Ya que este post es uno de los que "puedo" leer, me atrevo a hacerte un comentario, jeje. Sólo de los sentimientos más extremos parece que nacen los mejores versos; de la tristeza más profunda o de la alegría más incontenible. Espero no quedarme con el Machado más triste sino con el más feliz que, seguro, que tb lo fue aunque lo fuera sólo los días que vivió con Leonor.
Ya sabes, mi eterno optimismo.
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